Puedo asegurar que una película te puede atrapar de muchas formas. Hay filmes en los que dejas atrás su drama y te quedas maravillado por otra o varias de sus partes. A veces puedes explicar qué fue lo que te agradó, otras no; y los parámetros van desde los efectos especiales hasta la dirección, pasando por la banda sonora, el arte, la fotografía, la edición, la producción, las actuaciones… en fin, la serie de aspectos intrínsecos o referenciales con que las obras nos producen encanto son innumerables.
Hace unas horas vi Control y salí cautivado de la sala. Si bien el guión y las actuaciones son lo suficientemente sólidas como para sustentar la película, el motivo de mi embelesamiento provenía de otros dos motivos: el uso de las canciones de Joy Division como elementos de narración, y, principalmente y no mejor dicho de otra forma, por lo que acababa de ver.
Las imágenes de esta opera prima Anton Corbijn están impregnadas de suma belleza. Cada toma, cada encuadre, nos regala una preciosa fotografía cuya composición e iluminación, aunados a la melancolía que les da estar en blanco y negro, deleitan al espectador. Las secuencias de las presentaciones de la banda parecen, y lo son de cierta forma, los tiros de una cámara fotográfica de las sesiones musicales de las huestes de Ian Curtis, en donde imagen y sonido no compiten, se complementan. Uno realmente se conmueve ante tantas tomas hermosas, una tras otra, sin caer jamás en el hastío.
Aunque este trabajo de Corbijn es obvio que apunta a un nicho, en donde se requiere que en el espectadores sepa, por lo menos, quiénes fueron Joy Division e Ian Curtis, los amantes del cine, en general, hallarán en Control un buen motivo para pasar dos horas en el cine viendo algo que, sencillamente, puede definirse como una bellísima película.
Por cierto, al final se suicida Ian Curtis…

